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Guayama: Pueblo de Satos, Molinos y Brujerías
por Rafael Rodríguez Cruz
Monday, Jul. 12, 2004 at 3:35 AM
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Una mirada al tema de raza, clase y cultura en el sur de Puerto Rico.
GUAYAMA: CIUDAD DE SATOS, MOLINOS Y BRUJERIAS
Por Rafael Rodríguez Cruz
Cada vez que veo un par de perros satos deambulando, me acuerdo de mis amigos de infancia en Guayama, siempre peleando, siempre buscándonos unos a otros, y siempre en medio de una descabellada aventura. El mundo era nuestro para descubrirlo, para conquistarlo y disfrutarlo en los términos imaginados que nos diera la real gana, como si fuéramos caninos realengos.
Era otra época y otra realidad la que entonces se vivía en Guayama. Ser sato o ser adolescente no era cosa tan complicada. A pesar del urbanismo ya en desarrollo, Guayama era una ciudad amiga de la niñez y de los perros realengos. Éstos caminaban el pueblo entero, revolcaban latas y zafacones, a la par que montaban tremendos disturbios hasta en la misma plaza o en las escaleras del Restaurant El Suarito. Por alguna razón, se sentían dueños del espacio y de las cosas. No había parranda en Guayama que no anunciaran con ladridos revoltosos, frustando siempre el silencio intencional de los visitantes. La plaza, los molinos y las carreteras había que compartirlos en todo momento con su presencia de nobles vagabundos.
La adolescencia, al menos entre los pobres, no era muy distinta a la vida de los perros satos. Caminábamos el pueblo entero, dejando un desorden y un reguero por todas partes. Éramos dueños del espacio y de las cosas, de la plaza de Guayama, del atrio de la iglesia, del parque y los molinos, del riego y de las calles. Hacer ruido, molestar y deambular eran nuestros pasatiempos. Quién no nos quería, tenía de todos modos que aguantarnos, pues noción de los límites de una aventura urbana entonces no se cultivaba. No había cosa más grande que rodar en latones de basura por la cuestas empinadas de la Loma de los Vientos. Los niños y los perros satos nos comportábamos del mismo modo, vagabundeando sin sentido, apropiándonos del mundo y las calles sin un propósito definido.
Henry David Thoreau en un libro hermoso titulado Walking, defiende el sentido humano y espiritual del caminar sin rumbo fijo, como un perro sato o un adolescente inquieto. El andar libre, como el pensar soberano, no pueden encajonarse por veredas predeterminadas, con rótulos de no se piense o no se entre. Caminar por caminar, sin otros obstáculos que los que dicta la naturaleza propia del camino; ésa es la libertad natural de la raza humana. Es la propiedad privada y el urbanismo egoísta los que vienen, según Thoreau, a entorpecer ese caminar libre que nos hermana a la naturaleza. Por eso Thoreau quería caminar sin rumbo fijo, deambular y vagabundear todo lo que pudiera, antes de que las barreras artificiales dieran un alto mortal al andar libre y al pensamiento sin reservas.
El Guayama de hoy, como gran parte de la isla, me da a veces mucha pena. La artificialidad y el consumismo se han apoderado de las veredas y los destinos. El comercio encerradado de los centros comerciales es tan ajeno a los canes que deambulan como a la adolescencia natural y desordenada. Nos hemos convertido en un pueblo de reglas y rumbos fijos, donde las casas son prisioneras de las verjas y las puertas, y donde el caminar por la vereda que a uno le dé la gana, ya no existe. Es el reino del pensar con mil reservas. Así como los satos, va la gente, con rostros ajenos al concepto de una humanidad libre.
Palés Matos es el poeta de la geografía, los sueños y pesares de la gente de Guayama. Cierto que en Pueblo, nuestro poeta pide piedad para un pueblo que se muere de hacer nada. Hay escritores e intelectuales que se retuercen buscando sentido y explicación a su palabras, contrastando el análisis de clases con la historiografia abstracta. A Palés, para entenderlo, simplemente hay que leerlo en nuestra plaza. La aristocracia y burguesía azucarera de mi pueblo era obsesionadamente centrada en lo urbano y lo hispanófilo, rayando casi en lo enfermizo. Al lado de la iglesia, estaban las dos casas de los Cautiños, una la de Genarín, la otra para su familia más cercana. El patio interior de la primera, una réplica de la plaza, donde el primero de los Genaros se sentaba al atardecer en un sillón de paja, según las malas lenguas, a tirarse todas sus ventosidades. Al otro lado, el desaparecido Teatro Campoamor, no un cine sino una sala hermosa diseñada para la actuación y el drama culto. El centro de mi pueblo, el comercio y las reglas, la sociedad, los casamientos y quinceañeros de importancia se asociaban con una iglesia católica, reaccionaria y recalcitrante, que soñaba con España como norte de la vida.
Desde la plaza de Guayama, por un espacio marcado por dos estrechas calles, se divisa el Mar Caribe como un ente distante, alejado y sin vida. Es la mía, una ciudad costera, fundada intencional y desafortunadamente en divorcio abierto con el mar y con las playas. No es que faltaran barrios de costa, es que en ellos vivían los negros, invisibles para el casco urbano. En realidad, desde la casa de los Cautiño, mirando al sur, se divisaba no tanto el mar como la Central Machete, la salida al mar, inevitable en un pueblo cañero rodedado por montañas escabrosas. El resto del litoral costero es maliciosamente invisible desde élla. Recuerdo una temprana escapada de adolescencia en que un primo me llevó a un lugar fantástico escondido precisamente detrás de la Central Machete. Allí pude observar algo magnífico. En un edificio de hileras de cuartitos estrechos y sin baño, pintaditos todos de blanco, habitaba gente muy vieja y muy negra como nunca las había visto. No se decían de Puerto Rico sino del Caribe, y con ojos brillantes pero tristes hablaban de islas distantes, a veces con palabras que sonaban a especies y condimentos de comidas esquisitas. Más abajo, junto al lugar de descargue de la caña a las barcazas, estaban los Cundo, una comunidad de negros que nadaban como peces y tenían casas humildes incrustadas en los farallones de la costa. Los Cundos, según mi primo, eran la gente más resentida y valiente del mundo, pues lo mismo peleaban con los tiburones que se entraban entre ellos a cuchilladas. Sus mujeres eran lo opuesto a la Guayamesa descrita por Palés en sus poemas, pues andaban casi siempre descalzas y no se dejaban hacer el amor sino que lo hacían ellas, con o sin el consentimiento de los hombres. La rareza del asunto es que la punta de los farallones era observable desde la plaza del pueblo, pero no así las casitas de los Cundo. Frente a la central, visibles desde todas partes, estaban las pocas residencias de los administradores y mayordomos, hechas a manera de réplicas diminutas de las mansiones del sur norteamericano, blancas, con balcones vestidos de escrines metálicos. En éllas, habitaban personas blancas que hablaban español y eran de mi pueblo, pero parecían gringos o europeos. La gente pobre, por venganza o por odio, les dieron el nombre de los tostones, en referencia al color de la piel y la sosera de los plátanos. En los Cundo, me inicié personalmente en la satería, y aunque fantaseaba con el amor de una de los tostones, le sacaba el cuerpo para que no me pusieran el mote.
Del otro lado, mirando al norte montañoso, está el Guayama de campo adentro, dominado entonces por finquitas medianas y ríos caudalosos. Era ése el lugar de veraneo de nuestra aristocracia local y azucarera. En la carretera que va a Cayey, en la misma cima, estaba la mansión o casa de veraneo de los Cautiño, visible casi desde el centro de la plaza y con una vista brutal al mar abierto. Más abajo, en la cercanía a Guamaní, tenían otra casa más pequeña, menos impresionante pero igualmente hermosa. Hay que decir, de paso, que los campos de Guayama eran y todavía quizás sean algo racialmente diversos. En lugares distantes como las Cuevas o en Carite se mezclaba la gente blanca y de ojos claros, con lo que en la región llamaban trigueños. Por lo que aprendí de los cuentos de mi abuela, la gente del Pueblito del Carmen en las alturas de la Cordillera se juntaba mucho con los de Cimarrona, gente medio negra, medio clara, que llevaban en su sangre y en la piel la marca de esclavos tempranamente liberados en el Caribe.
No es raro, por otra parte, que la aristocracia local de Guayama le diera la espalda al mar y tuviera sus mansiones de sosiego en el campo adentro. Los alrededores de la ciudad bruja eran siembras de molinos y de cañas, pero en ellos abundaban también los piratas atrevidos y los negros en conspiraciones, reclamos y revueltas. En 1825 capturan a Cofresía en el Puerto de Jobos, donde abundan todavía los guayameses negros, y que en aquella época se llamaba la Boca del Infierno. En 1822 se descubre una conspiración entre los esclavos de la región y los de Naguabo. Poco después ocurre la famosa conspiración de la Noche de San Pedro durante un baile de bomba en Ponce. Y aunque esto último provocó la introducción del brutal Reglamento de Esclavos, todavía en 1828 y en 1843 ocurren revueltas violentas en Guayama. Años después, los descendientes directos e indirectos de esos esclavos, agrupados en lugares como Pozuelo, Branderí, Machete, Puerto de Jobos y Cimarrona responderían al llamado a la huelga de la caña. Hasta Albizu fue a hablarles. Las concentraciones de miles y miles de trabajadores de la caña, en su inmensa mayoría negros, tienen que haber asustado hasta a Don Genaro Cautiño Insúa, el viejo, que, dicho sea de paso, fue alcalde del pueblo en la segunda década del siglo XX, y donó la fuente de agua de la plaza. En darle la espalda al mar, se encierraba pues el temor de la aristocracia a los satos de mi pueblo que siempre andaban amarrando bullas, conspiraciones y revueltas.
Es ese contraste de una alcurnia blanca y lúgubre, por un lado, y de una satería negra, encantadora y ruidosa, por el otro, lo que palpita en la poesía de Palés, al menos para nosotros, la gente de Guayama. Ni siquiera los decretos en contra de los negros, ni las misas ridículas en latín, ni la segregación racial y económica pudieron callar el Caribe vivo que habitaba en los barrios pobres de mi pueblo. No es secreto para los guayameses de mi generación, por ejemplo, que todos los ricos del pueblo, españoles o criollos por igual, creían abiertamente en lo católico, mas practicaban a escondidas el espiritismo. Que seamos la ciudad bruja, es la venganza de los negros oprimidos sobre la rancia aristocracia blanca. Cuando se trataba de las cuestiones fundamentales del destino y de la vida, el guayamés rico, por más educado que fuera, daba el diezmo a la iglesia pero seguía los consejos de la religión espiritista. Era el negro quién para ellos en verdad sabía.
Por eso, Palés no nos habla solamente en sus escritos de la lugrubidad cultural de Guayama sino también de la idiosincracia magnífica de los negros, llena por todas partes de invocaciones misterioras, hechicerías y encantamientos. Una narración favorita del poeta era el cuento negroide acerca del niño desobediente extraviado en la selva. En la historia, el niño es perseguido por dos brujos caníbales que brotan de la maraña oscura de la selva. Una mujer lo salva del peligro despertando con voz de infante a tres fieles perros, Dendifó, Carigatagre y Negombe, que rompen sus cadenas para venir al rescate del amito. Es difícil escapar a la imagen de un niño blanco rescatado por tres valientes guerreros negros. Así era el espiritismo genuino de mi pueblo, centrado en la lealtad, el cuidado y la protección de todo el mundo, fueran blancos o negros, expresión de la generosidad innata de los sin nada.
Naturalmente, del Guayama de las revueltas esclavistas, de la huelgas azucareras, del espiritismo clarividente y de las aventuras de mi infancia, ya que no quedan sino algunos recuerdos sueltos. El molino de la cuesta de la Culebra, cercano a Vives, es quizás uno de los pocos testamentos de todo ese tiempo ahora perdido. Cuando yo era niño, de hecho, ya lo cuidaban muy poco, y si de día nosotros jugábamos a ver las nubes por el roto de la chimenea, de noche lo usaban de dormitorio los perros realengos. Ojalá que todavía sea así, que no esté ahora como las modernas urbanizaciones y centros de comercio, vedado a la imaginación sana de los adolescentes y la algarabía de los satos. Palés Matos miró en su tiempo al Mar Caribe y vió reflejado en sus olas la espiritualidad burbujeante de los barrios negros de Guayama, la bondad de nuestra gente más oprimida. Yo no descarto que un día de estos, sin que nadie lo espere, un sato de mi pueblo mirará al Mar Caribe desde el molino de Vives y sentirá también en su pecho lo mismo que sintiera Palés en su tiempo: un deseo incontenible de narrar algo quizás no enteramente vivido, pero que tenga mucho de embuste y de cuento.
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