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Culturas: Cooperativismo Cultural
por José Julian Tuesday, Jun. 15, 2004 at 6:24 PM
josejulian_ramirez@yahoo.com

“Si se calla el cantor, calla la vida porque la vida misma es todo un canto” ~ Horacio Guarany

Saludos.

Una de las tareas más difíciles durante el proceso de fundar esta cooperativa fue definir la palabra cantautor. Parece que fuera ayer cuando discutíamos cómo explicar qué era un cantautor, con una definición abierta que no discriminara por razones de gusto y estilo musical. Cantautor es una palabra relativamente reciente. Antiguamente se le llamaba juglar o trovador a lo que hoy conocemos con este nombre. La palabra cantautor nace como un neologismo de la modernidad. Es de recordar que en la Edad Media y luego en el renacimiento, a la orquesta se le estructuró como si fuera un batallón…con sus jerarquías y posiciones. La labor del intérprete y el compositor fueron divididas. Entonces, las cortes hicieron invisible la labor de los cantautores pueblerinos.

Con la llegada del cilindro Edison a finales del siglo XIX lo primero en grabarse fueron las obras clásicas. Por la corta duración que ofrecían estos medios de grabación los ingenieros de sonido de la época sólo editaban los clímax de las obras más famosas. Es en ese momento donde se inventa la canción como la conocemos hoy día. Fue el medio, originalmente, el que impuso que una canción tuviera una duración de cinco minutos o menos.

Claro, que el medio fue mejorando y las grabaciones comenzaron a destacar el trabajo popular en sus ediciones. De ahí salió un Benny Moré, un Gardel, cantantes que en un principio tocaban en vivo podían ser escuchados por miles de personas, y ser conocidos por un público que jamás le había visto. Con esto nació la música popular.

Como nada en el mundo está exento de ser afectado por la política y la economía, la música popular no tardó en volverse muy rentable y lucrativa. Los burócratas de las primeras casas disqueras no tardaron en comprar las compañías que en un principio pertenecían a los dueños de las patentes de estos maravillosos inventos: artefactos que permitían llevar la voz sin necesidad de trasladar el cuerpo del músico.

No es un misterio que en los años sesenta, ante el predominio de las casas disqueras norteamericanas (que transmitían música norteamericana), grupos de artistas se levantaran contra el imperialismo cultural y exigieran, que se transmitiera en radio y en fonogramas tiempo equitativo de la música folklórica de sus países de origen. Estos movimientos de artistas exigieron igualdad musical al tiempo que se solidarizaban con los movimientos indigenistas y las luchas sindicales y estudiantiles. En los años setenta, América Latina se pone a la vanguardia de los movimientos artísticos y le devuelve a la canción, el rol que había tenido desde un principio.

Pero el mundo estaba cambiando. Con las nuevas tecnologías la mano de obra se fue sustituyendo por una economía de servicio. Los músicos que no trabajan (en el sentido estricto de la palabra) que lo que hacemos es dar un servicio, tuvimos que volver a especializarnos y adaptarnos a los nuevos mecanismos de venta: La música se convirtió definitivamente en un producto mercadeable y exportable.

Aquel movimiento que luchaba por justicias sociales (el folklorismo) y que comulgaba en gran medida con una ideología socialista, contempló la caída del muro de Berlín y observó cómo, sin lugar a dudas, este sistema económico, fracasaba como sistema económico eficiente. ¿Pero porqué fracasa este sistema económico que tiene tanto en común con el cooperativismo? Pues, siendo un poco reduccionista, me atrevería a decir, que el socialismo zozobró porque por encima de su filosofía encomiable, la pesada burocracia y su incapacidad para promover un deseo de superación en el individuo, mató toda ambición de progreso. El socialismo, como sistema político priv ilegiaba el colectivo por encima del individuo. Eventualmente en nombre del colectivo se atropelló la individualidad y por ende los derechos civiles.

¿Qué nos queda entonces? Bueno, queda un mundo que algunos llaman global, pero cuya balanza se ha inclinado hacia el otro extremo. Nuestro mundo global está dirigido por gobiernos y compañías neoliberales que privilegian el individuo por encima del colectivo de tal forma que se globaliza la tecnología, las comunicaciones, pero también la pobreza. Esta globalización ha olvidado mundializar los derechos civiles, las leyes internacionales, las vacunas contra las epidemias, y además, -y esto nos atañe particularmente-, ha olvidado globalizar las canciones de los que no somos ahijados de algunos de los 5 monopolios del entretenimiento mundial. (EMI, BMG, Sony, Wagner y Universal-Polygram.) Para que tengan una idea, en Puerto Rico no se escucha en radio comercial, otra música que no venga de alguno de estos monopolios.

Sin embargo, no quiero que parezca que esta globalización neoliberal es del todo mala. Yo tengo una guitarra Shecter buenísima. Se la mostré a un luthier, hace unos meses y me dijo que me la podía hacer al costo por $2,000, aproximadamente. –Pero, ¿cómo va a ser si a mí me costó $700?, le dije yo. Pues fácil, porque mi guitarra la deben haber fabricado niños tailandeses con un salario diario de una peseta. ¿Triste no?

Sin embargo, la globalización neoliberal, no es del todo mala, porque si se fijan, después de los ’80 (tiempos duros para grabar cualquier música que no fuera rock en inglés, pop-balada, merengue o salsa romántica), los inventos de los ’90 nos han permitido hacernos de estudios portátiles e instrumentos que a un costo relativamente bajo nos permiten grabar módicamente, algo que era impensable 10 años antes por ese mismo precio. La digitalización y el acceso a las tecnologías también han permitido que el público acceda a música más variada y diversa proveniente de distintas partes del mundo.

Este ambiente favorable ha facilitado que nuestra organización haya crecido de la forma en cómo lo ha hecho. La tolerancia artística es un elemento que ha vertebrado esta cooperativa. De otra manera, sería imposible que coexistieran tantos egos juntos.

Este ambiente híbrido, donde se mezclaban estilos y ritmos permitió que se diera esta gesta.

Pero, ¿y por qué era necesario cooperativisarse? Existen tres razones estratégicas. En primer lugar, el cooperativismo, como sistema económico comprometido con el bienestar social y la calidad de vida une la filosofía de igualdad y solidaridad que inspiraban los movimientos izquierdistas, con un espíritu democrático que provee para que el individuo sea reconocido y pueda congregarse en grupos de interés comercial. Una cooperativa, a diferencia de una organización sin fines de lucro, no puede descansar en la beneficencia y la limosna porque se va a la quiebra. Además se rige por leyes que le exigen ser demo crática y participativa. Nuestro país no es rico y por ende los artistas no podemos depender por entero del un Instituto de Cultura o de propuestas gubernamentales para subsistir. Hay que comenzar a hacer las cosas por cuenta propia. Por otro lado, depender de las casas disqueras o productoras privadas significa que el dueño, ese burócrata, empresario que ocupa una posición sin haber sido votado para ella, y quien no cuenta con el favor de la mayoría de los miembros de la compañía, decidirá quien será un artista y quién no.

En segundo lugar, una cooperativa de compositores que actúe como casa disquera o productora artística gremial tendrá siempre la tendencia de fallar en beneficio de los autores. Por mucho tiempo las casas discográficas han estafado a autores pagándoles con migajas el fruto de su trabajo. Nos enorgullecemos de haber creado una de las licencias por derechos de reproducción fono-mecánica más progresista que haya inventado casa disquera jamás.

Por último, el cooperativismo, a diferencia de cualquier otro negocio lucrativo (restaurant, teatro o café-teatro), tiene la posibilidad de utilizar su plusvalía para desarrollar el arte. La prioridad de cualquier negocio que establezca esta cooperativa, no será pagar el colegio de los niños, ni pagar la tarjeta de crédito familiar, tampoco será para pagar el auto de lujo. Por sobre todas las cosas, el éxito económico de esta cooperativa se invertirá en desarrollar el arte y la canción. De esta manera, las ganancias de esta empresa contribuirán al desarrollo auto-sustentable de los socios, y de nuevos y talentosos cantautores/as.

Hace más de un año, esta agencia (Administración de Fomento Cooperativo) como parte del movimiento cooperativista, tiene el ojo puesto sobre nosotros. Vigilantes y atentos han ofrecido sus brazos como cuando se enseña a un bebé a caminar. Motivados por la renovación y ampliación del movimiento, sabemos que nuestro esfuerzo es visto desde la esperanza. Sin embargo, quizá no se han dado cuenta que somos nosotros, este montón de pelús, los que tenemos nuestras esperanzas puestas en ustedes.

Las cooperativas del país poseen casi una tercera parte del presupuesto que maneja el gobierno de Puerto Rico. Si en verdad existe un movimiento cooperativo en Puerto Rico, podemos establecer redes de apoyo efectivas para reducir la brecha entre las cooperativas ricas y las más empobrecidas.

El Taller de Cantautores.Coop está para apoyar el arte, porque el arte y la cultura restablecen el tejido social. Como artistas, también somos comunicólogos, y nuestro reto es lograr transmitir un mensaje de colaboración ciudadana y cooperativista. En un mundo regido por la información, la integración de los esfuerzos de comunicación social es imprescindible para que el cooperativismo sirva de modelo político y económico. Yo estoy convencido de que el cooperativismo, en coordinación con la sociedad civil, es el único camino transitable hacia un nuevo orden mundial alternativo. Para lograrlo, tenemos que integrar una amplia gama de cooperativas culturales. Ojalá, y esta sea la primera de entre una red de cooperativas de artistas, periodistas y comunicólogos.

Un cantautor es un juglar contemporáneo. Algunos se preguntarán, ¿y, qué vienen a ofrecer ustedes? Como dice el cantautor Fito Páez, venimos a ofrecer nuestro corazón. Aquí traemos la letra para cantar las épicas solidarias de un movimiento unido; aquí traemos la música, esa almohada donde duermen nuestras tristezas y alzan vuelo nuestros sueños. Aquí traemos nuestra garganta para recordarle a todo el mundo, como escribió Guillermo Venegas Lloveras: “Cuando sobre la tierra no haya ya ni dolor, solo habrá una lumbre y esa será el amor, el amor, para empezar”.

Que no calle el cantor…

José Julián Ramírez

Junio de 2004

Río Piedras, Puerto Rico

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